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...El sol se filtraba por el vitral de la catedral 
e iluminaba el cuerpo sobre el altar... 

Despertó por el arrullo de las palomas en el campanario. La catedral a esas horas de la madrugada estaba vacía y la luz de la luna se filtraba por lo alto de la torre central. 

Solo estaba acompañado por los santos de tamaño natural que le daban un aspecto terrorífico a su día, de niño, siempre le había tenido miedo a ese hombre colgado de una cruz con cara de dolor y un hilo de sangre en sus costados, a pesar que le dijeron que Él era el salvador. 

Ese era el único parecido que tenía con esa figura, su nombre. Salvador estaba acostumbrado a vivir entre las sombras, caminar pausado y tener relaciones solitarias, solo una vez se había enamorado de una chica que vivía a varios cientos de kilómetros de su ciudad y luego que eso acabó, se cerró a la posibilidad de tener pareja. 

No tenía amigos, dormía únicamente cuando su cuerpo se lo pedía y cuando estaba despierto, recorría la ciudad admirando los edificios, el bullicio de los automóviles y de la gente normal, a esos que él llamaba esclavos del sistema: despertaban, comían, trabajaban para pagar cuentas, volvían a comer y finalmente dormían, eso se repetía constantemente año tras año en cualquier lugar del mundo. 

Mientras aún era un chiquillo que se debatía entre salir de la infancia y entrar a la adolescencia, Salvador comenzó a caminar entre cada uno de los banquillos de la catedral, buscando dinero que probablemente se caía al suelo durante la ceremonia de dádivas a la Iglesia porque el viejo monaguillo no era muy diestro para recolectar los billetes y monedas. 

Después de recolectar lo suficiente para sobrevivir en el día, se sentaba a ver la cámara principal del edificio. Las cruces, la virgen, el salvador crucificado, el cáliz de oro bajo llave y el ventanal que daba justo al campanario, un diseño bastante sencillo y hermoso para un templo religioso. 

Salvador recordó aquel primer día que fue a esa Iglesia. Su madre estaba de luto cerrado, falda larga hasta los tobillos, camisa de mangas cerradas y un pequeño sombrero de corte europeo que ya no se usaba para la época; ese era el atuendo de Doña Mercedes desde que su marido había muerto diez años atrás por una extraña enfermedad que la dejó perdida por el mundo y con dos pequeños a cuestas: Salvador y su hermana, Anastasia. 

Ambos niños iban fuertemente agarrados a la mano de su madre y con un atuendo propio de un orfanato; una vicera, pantalones cortos grises y una camisa blanca totalmente cerrada; a lo lejos, ambos eran totalmente iguales; podían pasar por varón o niña, y se notaba su poca alegría por estar en un lugar al que no deseaban ir.

Las misas eran para ellos una tortura, preferían ir al doctor que a ese edificio monumental donde varias decenas de personas se conglomeraban para escuchar las prédicas de un anciano que juraba ser un sanador. Las personas abarrotaban los bancos, algunos se arrodillaban para lamentarse y en medio de la misa, una larga fila de arrepentidos hacían cola para recibir una pequeña galleta blanca que, al parecer, era la medicina para todo. Esa hora de lamentos era para ambos niños un verdadero aburrimiento que solo olvidaban cuando salían al atrio de la Iglesia y debajo de un frondoso árbol, podían comerse un helado que su madre religiosamente le compraba todos los días. 

Bajo ese mismo árbol, 20 años después, estaba Salvador aspirando el aire fresco del amanecer. Ahora había cambiado aquellos helados que le compraba Doña Mercedes por una afición completamente distinta. Desenterró lo que había guardado cerca de las raíces. Recogió la manta arrugada y la llevó a rastras dentro de la atedral. A pesar del volumen, el peso no le afectaba en su cuerpo bien formado, esa fortaleza le había servido para completar la tarea que nunca pensó realizar pero que le había dado una extraña satisfacción: su primer asesinato. 

Abrió la manta mientras el amanecer seguía su curso. El sol se filtraba por el vitral de la catedral e iluminaba el cuerpo sobre el altar, Salvador lo colocó con cuidado como si fuera a ser bendecido durante la misa. 

La cara de la chica parecía de porcelana, tan brillante como el cielo que anunciaba un nuevo amanecer. Su cuerpo petrificado brillaba y Salvador no podía parar de admirarlo, realmente era hermosa, lo había hecho bien, no la maltrató al matarla y logró conservar esa belleza femenina que horas antes lo cautivó en su recorrido por las calles de la ciudad. 

Salvador recordó su aroma, ese perfume a naturaleza salvaje fue el primer detalle que lo cautivó aquella mañana que la vio por primera vez cuando caminaba cerca de la iglesia. Era baja, sin curvas pronunciadas y con cabello negro lacio y largo.

En ese momento sintió un golpe en el estómago; tenía que conocerla y por eso la siguió.

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