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...Se quedó impresionada al ver una estructura rodeada de ángeles, vitrales y columnas, aún no sabía qué era aquello… 

Amanecía y la mesa ya estaba servida con el desayuno. El papá le replicaba a Beatriz que se tomará su tiempo para comer, verle la cara a su familia y al menos, despedirse de todos con un beso antes de salir corriendo al trabajo. 

Esa era la eterna pelea diaria en la casa. Beatriz, una chica joven y llena de vida que no se detenía a pensar en cómo pasaba el tiempo sino en cómo lo podía aprovechar, mañana tras mañana saltaba de la cama, reproducía música en su equipo de sonido, revolvía el closet para colocarse unos jeans y una franela holgada – decía que odiaba la ropa interior porque le quitaba libertad -, y salir corriendo al comedor donde tomaba un pedazo de pan, un jugo y escuchaba atentamente las noticias transmitidas en el noticiero que su papá oía todos los días para tratar de entender los avatares del planeta que giraba sin cesar.

Al cruzar la puerta de su hogar y caer en la calle, cambiaba su apuro y se calmaba para detenerse a observar cada edificio, puente, ventanal, pórtico, construcción y arco que le brindaba su ciudad. Estaba comenzando la carrera de arquitectura y las líneas de cada estructura, eran para ella, unas cosas imponentes que miraba y sentía la necesidad de tocarlas para entenderlas y poder plasmarlas en los proyectos que, seguramente, le esperaban en el nuevo trabajo que unas semanas atrás le llegó por sorpresa. 

En la calle se colocaba sus audífonos y esta vez escuchaba música clásica, notas que a su parecer la ayudaban a entender e interpretar las ideas de cada arquitecto. Al sonar el primer violín de una de sus tantas piezas favoritas de Bach, recordó la primera vez que se dejó cautivar por un edificio y lo mucho que la marcó el urbanismo citadino. 

Tenía siete años cuando se mudaron a la ciudad, su padre había logrado un ascenso en la compañía donde estuvo desde el principio de su carrera profesional y no perdió la oportunidad que le ofrecieron de irse a la capital. Beatriz, una niña asustadiza y curiosa, vio con sus grandes ojos como un gran río pasaba bajo un gigantesco puente que, como una lengua, pegaba las dos mitades de la ciudad y las mantenía unidas para que todos los carros y peatones pudieran pasar de un lado a otro. 

Después de unos minutos de estar rodando, llegaron al centro de todo el bullicio. La gente iba de acá para allá, los vehículos parecían gritar con sus cornetas, el humo de los autobuses le daban un aspecto gris al cielo y todo parecía estar a los pies de los colosos gigantes; edificios de quince, veinte y hasta treinta pisos; eso fue lo que impresionó a Beatriz, una niña que en su corta vida solo había estado rodeada de montañas, techos rojos de tejas, jardines y siempre, siempre, en casas pegadas al piso. 

Al estar cerca de su nueva casa, Beatriz se quedó impresionada al ver una estructura rodeada de ángeles, vitrales y columnas, aún no sabía qué era aquello que tanto le llamaba la atención y le tuvo que preguntar a su papá, quien con un murmullo le respondió, señalando la catedral de la ciudad. 

De vuelta al presente Beatriz se fijó que su entorno no había cambiado salvo algunos edificios mucho más modernos que contrastaban con la arquitectura tradicional e histórica del lugar. Camino a su trabajo, se topó nuevamente con la gran catedral y notó que ese espacio aún le parecía exótico, misterioso y a veces terrorífico, la religión le parecía algo inútil y por eso no se atrevía a entrar a ese gran edificio. 

Sabía que algún día tendría que pasar a verla, escrutarla por dentro, conocer sus rincones y tal vez soñar con hacerle restauraciones arquitectónicas para combinarla con las nuevas tendencias. Mientras tanto, solo la detallaba a lo lejos y mientras se alejaba, ya cerca de su trabajo, sacó su móvil y le tomó una foto para añadirla a su colección digital de los lugares más apasionantes de la ciudad, como ella solía llamarlos. 

Esa afición por coleccionar fotografías la tuvo desde que llegó a la ciudad, cuando su papá al darse cuenta de cómo le impresionaba la maraña de edificios, le regaló una cámara desechable de veinte fotos, que rápidamente se convirtieron en cuarenta, ochenta, cien y cuando la era digital llegó a sus vidas, decenas de discos con miles de imágenes grabadas. Beatriz era una acumuladora digital, primero empezó con las estructuras, la arquitectura y finalmente se inclinó hacia los retratos, captaba la mirada de las personas a través de la cámara y lograba darles cierta humanidad. 

Eso fue lo que sucedió esa mañana de un fin de semana de otoño, cuando caminaba en medio de una alfombra de hojas amarillas, con un frío seco y agudo helándole la piel. Al estar cerca de la catedral, misteriosa y sombría, vio a un hombre sentado en la escalinata junto a la gran puerta principal. Con timidez, sacó su cámara y le tomó unas cuantas fotos a ese hombre solitario, le llamaron la atención eso ojos clavados en la nada. Luego de unos minutos de observación, le tomó unas cinco fotos más sin vacilar y siguió su camino, algo extrañado por ese hombre que ni se movió al sentir que lo fotografiaban. 

Salvador también había quedado aturdido por lo que acababa de pasar, Beatriz era la primera persona que notaba su presencia en esa enorme ciudad, se sintió extrañado por haber causado alguna sensación en ella y una vez más, quiso atreverse a conocer a una mujer, al menos tener la oportunidad de hablarle a esa chica y tal vez, olvidar por un rato su inútil existencia.

1 comentario:

  1. Qué bueno Gustavo así es, a publicar a publicar que el mundo no se va a acabar. Felicitaciones, ¿van a ser entregas semanales?.

    Ya desde aquí, yo enganchado con el toque.

    Rescato mi sentencia favorita:

    "Beatriz era la primera persona que notaba su presencia en esa enorme ciudad, se sintió extrañado por haber causado alguna sensación en ella y por una vez más, quiso atreverse a conocer a una mujer, al menos tener la oportunidad de hablarle a esa chica y tal vez, olvidarse por un rato de que su existencia no era inútil."

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