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...Luego de varias décadas, los jardines sobrevivieron rodeados por las columnas y paredes que ocultaban los más oscuros misterios... 

La Catedral de la ciudad fue levantada a mediados del siglo XVIII. Un grupo de padres franciscanos emprendieron la tarea de conducir la construcción de la estructura; guiaron a un grupo de africanos que acababan de ser beneficiados con la abolición de la esclavitud y trabajaron por primera vez por decisión propia a cambio de una moneda, pan y agua tres veces al día y un techo para dormir; con su esfuerzo hicieron la primera casa de Dios más grande de la ciudad para la época.

Día tras día por tres años, al menos 500 hombres trabajaron en la Catedral. Iban a kilómetros de distancia para buscar las piedras que cubrirían los muros y entre al menos cinco, cargaban con masas de más de una tonelada que serían convertidas por los artesanos en santos de tamaño natural. Los trabajadores convirtieron a la Catedral en su casa; transformaron sus costumbres, inventaron leyendas y mitos sobre el lugar y cuando uno de ellos moría, lo enterraban en un lugar cercano que luego, tres siglos después, estaría transformado en un orfanato regido por monjas benedictinas. 

Allí, con ese grupo de mujeres entregadas en cuerpo y alma a Dios y a la Biblia, Salvador pasó su adolescencia y entró al umbral hacia la madurez. Su madre también murió, al igual que su padre, por una extraña enfermedad que destruía poco a poco las células de su cuerpo; y Anastasia, su hermana, consiguió una beca en un país lejano y se fue a vivir con sus tíos para completar sus estudios, dejándolo en la puerta de la Catedral con una bolsa de ropa y la promesa que algún día volvería para regalarle una mejor vida. 

A medida que crecía, Salvador se fue acostumbrando a esas paredes oscuras, a los rezos de las monjas y a las misas fatídicas que le recordaban su infancia llena de plegarias, calor y sermones de un sacerdote encerrado en una sotana. Escuchó las leyendas de los esclavos liberados, de las penas que pasaron para levantar la Catedral y, según las hermanas benedictinas, que ese edificio era el mejor ejemplo de cómo la mano de Dios guiaba a sus hijos para hacer grandes cosas. 

En las noches, los oleos de los pasillos parecían cobrar vida propia; Salvador incluso podía sentir el sudor de los esclavos liberados, sus quejidos al alzar las piedras y a los monjes franciscanos corriendo de acá para allá para terminar con su misión. Al acabar su construcción, la Catedral se convirtió en un símbolo de la ciudad, era redención para muchos, refugio para las personas sin hogar y a su alrededor, se erigió toda una civilización sin orden ni reglas que pretendía pasarle por encima a ese lugar santo. 

Los negros libres, después de finalizar con su tarea adoptaron al lugar como su casa. Limpiaban cada rincón, restauraban las paredes con una maestría que parecía heredada de un modo sobrenatural de generación en generación, como si los planos de la enorme Catedral estuvieran impresos en el ADN de cada uno de ellos. A medida que la ciudad crecía, la estructura se mantenía impoluta a los cambios y los sacerdotes que la adminastraban. 

Año tras año, la población iba creciendo y así también el tamaño de los banquillos, el altar, la cruz donde estaba Él, y el espacio del campanario que se negaba a convertirse en algo electrónico, por lo que cada día, un monaguillo con las manos callosas halaba las grandes cuerdas para avisar que la misa estaba por comenzar. 

En la época en que Salvador fue dejado por Anastasia en la Catedral, ya esta era un mundo dentro de otro. Las monjas hacían pan para vender, procesaban la materia prima para la ostia de las otras congregaciones de la ciudad, educaban a muchos niños de bajos recursos en una vieja escuela y allí, Salvador consiguió un nicho para leer y aprender de historia, geografía, cálculo y todo lo que la vida no le había podido brindar. Las hermanas, al ver que aprendía rápido le dieron su propio grupo de jóvenes para que se convirtiera en guía, en dador de fé y conocimiento con base en su experiencia de vida.

Allí, Salvador se interesó por primera vez en una mujer. Era una joven menuda, frágil y de tez blanca como la piedra del altar mayor. Su cabello castaño caía sobre sus hombros, sus ojos grandes siempre se mantenían fijos durante las clases y casi nunca sonreía; detalle que llamó especialmente su atención, probablemente ella se hallaba en una profunda tristeza. 

En cada clase procuraba preguntarle sobre el contenido de lectura, a lo que la chica contestaba con desdén y volvía su mirada a su libro. Poco a poco, y luego de varias clases, Salvador había logrado que se desenvolviera mejor y que mostrara su sonrisa. Para esa época, ella ya se quedaba después de clases y ambos se sentaban bajo los árboles en los jardines de la Catedral; allí se contaron sus vidas, sus alegrías y él se enteró que la chica era huérfana bajo el cuidado de su tía. 

Ambos cultivaron una amistad profunda que duró unos tres años, el tiempo en que Salvador tardó en convertirse en un adolescente, y su alumna, en una mujer que debía continuar con su vida en algún otro lugar. Ese día, en que las clases terminaron y ambos sabían que no se verían más, simplemente se despidieron con un tímido beso en los labios y una promesa de volverse a ver, aunque Salvador sabía por experiencia propia que ese tipo de palabras se las llevaba el viento y la realidad era otra, su vida juntos terminaba allí. 

Así en la Catedral y luego de varias décadas, los jardines sobrevivieron rodeados por las columnas y paredes que ocultaban los más oscuros misterios, mientras Salvador ahora no solo recordaba a su hermana, a su alumna, sino que se adentraba más y más en esas paredes; solo la necesidad reciente de ver otra vez a la chica que le había tomado unas fotos fugaces lo mantenía pegado a la realidad.

Unos días antes la volvió a ver y la siguió, ya sabía dónde vivía, dónde trabajaba y sus gustos; al parecer, tomaba fotos a la Catedral y todo lo relacionado con los altos edificios de la zona. Gracias a su experiencia como maestro, la disponibilidad de la biblioteca de las monjas y las ganas que le daban ese cuerpo femenino, Salvador pensó que los días de soledad estaban por acabar y que pronto, se atrevería a cruzar palabras con ella; tal vez, algo bueno ocurriría. Su fantasía había comenzado.

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