…La ciudad había cambiado, los edificios eran un refugio
donde se podían
contar sus secretos y deseos…
Cuando Salvador vio en Beatriz algún atisbo de humanidad y una nueva posibilidad para conocer a una mujer, el otoño comenzaba a darle un ambiente gris a toda la ciudad.
Los café, bares y museos eran los mejores lugares para pasar un rato agradable entre cuatro paredes, evitando las ráfagas de aíre frío y la nostalgia que produce ver los parques teñidos de amarillo.
El olor a cigarrillo, el aroma a madera quemada de la ligadura de pipa y de la comida que impregnaban cada rincón de un bistrot, se pegaban a la ropa y a las chaquetas largas que Beatriz usaba algunas noches, cuando al salir del trabajo se iba a uno cercano a su oficina para leer, tomarse algo y escuchar la música clásica que tanto le gustaba para abstraerse del mundo, y de vez en cuando, jugar con su cámara aprovechando la poca luz de esos lugares.
Una semana después de su primer encuentro fugaz, Salvador era la sombra de Beatriz, conocía sus gestos, sus libros favoritos, la marca de sus lentes de lectura, el verdor de sus ojos e incluso él, ya tenía también en la ropa el mismo olor a pequeño restaurant. Pronto, el gran armario del convento que le servía como vestidor, se adueñó de ese aroma y parecía una puerta a los lugares que visitaba.
Beatriz no sentía esa presencia, pero cada noche era observada por encima del lomo de un libro, a veces con dulzura, otras con deseo y la mayoría de las oportunidades, con una necesidad protectora que Salvador confundió con los recuerdos de la chica que conoció durante su temporada de clases en la Catedral.
El día en que se decidió a hablarle, tres semanas después del episodio con las fotos, Salvador estaba temeroso por si Beatriz lo recordaría; él sabía que ella pasaba periódicamente cerca de su templo, pero ya no se detenía a tomar fotos; como si el lugar hubiera perdido el interés que genera algo nuevo. Lo que ocurría era que Beatriz tenía demasiado trabajo en esos días, como lo había supuesto, le entregaron un proyecto arquitectónico para ponerla a prueba y las fotos quedaron enterradas bajo un cuaderno con miles de rayas garabateadas.
Bocetos de escaleras, una sala, un baño y un cuarto principal estaban perfectamente dibujados en las hojas que cayeron al piso cuando Salvador tropezó torpemente con Beatriz, no se le ocurrió una mejor manera para tener contacto con ella. Primero la vio directo a sus ojos verdes, y luego tranquilamente – para ocultar su pulso tembloroso – se agachó, ordenó un poco el desastre que hizo y se las tendió, en medio de unas disculpas nerviosas.
Cuando estuvieron frente a frente, en ese espacio de segundos en que dos extraños no saben qué decir, Beatriz recordó unas diez fotografías que estaban encima de su escritorio y su mirada hacia Salvador cambió. -¿Tú has estado algunas veces descansando en las escaleras de la Catedral verdad?-, le preguntó, con cierta duda por haber dado ese paso tan audaz con un extraño.
Estaba guardando en su carpeta de trabajo todo el desorden de minutos atrás mientras esperaba una respuesta. Salvador, que hablaba poco con la gente y más con la causante de su nerviosismo, solo se limitó a asentir con la cabeza y extender su mano, ese era el primer paso para conocerse. Así se enteró del nombre de Beatriz, y en cinco minutos estaban sentados en una pequeña mesa en la esquina más escondida del bistró.
Salvador buscó con sus manos el cuaderno de los bocetos y miró a Beatriz, pidiendo permiso para observarlos. ¡Adelante!, le dijo mientras tomaba su móvil para enviar un mensaje que leyó en voz alta, - Creo que llegaré más tarde de lo previsto, no me esperen con la cena-.
Mientras pasaba las hojas, podía reconocer ciertos lugares de la ciudad que se habían fusionado en la maqueta que estaba bosquejando Beatriz: vio el gran puente sobre el lago, el parque central con algunos de sus árboles y pequeños garabatos de personas, la décima avenida que recorría de extremo a extremo los dos puntos más poblados, un edificio de oficinas cercano a donde estaban ahora sentados y, allí estaba, su casa; la Catedral con sus muros, sus ángeles, sus escaleras y todos sus detalles que parecían querer contar una historia.
-Esa es tu Catedral-, le dijo Beatriz al darse cuenta que se detenía especialmente en ese detalle. – Una mañana cuando estabas en sus escaleras fue que te tomé unas fotos, pensé que no te habías dado cuenta de eso-. Sin esperar una respuesta o un gesto, le contó toda su admiración por ese edificio antiguo.
El olor a pipa los rodeaba, Salvador la escuchó sin parpadear, solo para tomar unos sorbos de agua y ver cómo le hablaba de la Catedral, su hogar de toda la vida, admiró su capacidad para describirla, dibujarla y recorrerla con palabras a pesar que no la conocía, eso hizo que sintiera más interés por ella.
Luego de unas dos horas, donde solo Beatriz habló de cómo había llegado a la ciudad, de su impresión de la infancia al ver los edificios y una pequeña cronología de sus últimos meses, decidieron que habían pasado mucho tiempo juntos para ser el día en que se estaban conociendo.
-¿Será que te vuelvo a ver?, eres bueno escuchando y no hablas mucho, eso me gusta, últimamente necesito compañía. Beatriz no se dio cuenta, pero su rostro se enrojeció cuando parte de su intimidad fue revelada a ese casi desconocido. Salvador, como lo hizo al inicio de la conversación, asintió y por primera vez le habló, -Siempre estoy cerca de la Catedral-.
Ese día, Salvador llegó nervioso. No se quedó en el convento sino que atravesó la puerta y fue directo a la capilla. Allí, en un banco frente a la cruz se sentó recordando toda la conversación para no olvidar ningún detalle. Pasó la noche pensativo, medio dormido y medio despierto tan solo acompañado por las sombras de los santos de tamaño natural.
Al día siguiente esperó en la escalinata por Beatriz, pero no apareció. Al segundo día, tampoco la vio y comenzó a sentirse nervioso, tal vez había pasado algo.
Al tercer día en que Salvador estaba sentado en las escaleras, vio a lo lejos a Beatriz. Venía directamente hacia él, pero no quiso hacerse ilusiones. Unos minutos después, sintió su aroma mucho más cerca y esa voz que había estado repitiendo en su mente las últimas hhoras, -Hola, ¿me acompañas a un café?- Se levantó y como ya era costumbre, asintió con la cabeza. Caminaron juntos, hombro con hombro, sabiendo que la ciudad había cambiado, los edificios eran un refugio donde se podían contar sus secretos y deseos, abrigados por una relación que apenas estaba comenzando a nacer.


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