…La incertidumbre es un detonante que nadie puede controlar,
a veces en su nombre se pueden cometer locuras…
Despertaron por el ruido que hacían las monjas al ir de acá para allá. Ambos se quedaron dormidos en la madrugada, sentados en el catre que usaba Salvador como cama en la pequeña habitación detrás de la columna principal del ala central. Cuando se desperezaron, lograron ver los pequeños hilitos de sol que mordisqueaban su piel, filtrándose por una minúscula ventanilla que solo dejaba colar el olor a tierra del solar trasero. Beatriz primero se asustó por haberse dormido allí, pero una extraña sensación de seguridad la arropó cuando vio que Salvador no se había movido de su lado.
En un acto reflejo, como lo hace toda mujer al despegar su cabeza de la cama, pasó sus manos por el cabello para darle forma y un poco más de volumen. No sabía cómo era su aspecto, porque Salvador no tenía espejos allí; sin embargo, algo le decía que estaba completamente desastrosa aunque su acompañante no le quitaba los ojos de encima en ningún momento.
-Debo irme, se nos ha pasado el tiempo y mira dónde me ha agarrado el amanecer-, le dijo a Salvador pasándole su mano por el cabello como si fuera un niño pequeño. Él solo asintió y se levantó para conducirla de nuevo a la civilización, tratando de ocultar su temor por perderla nuevamente y tal vez para siempre. Algo notó Beatriz que la detuvo. –Espera, has sido muy bueno conmigo y no has dejado de escucharme en toda la noche y hoy no me quitas los ojos de encima, creo que es una de las mejores horas que he tenido a pesar que no pasó nada entre nosotros-. Ambos estaban muy cerca, sus narices se rozaban e incluso, podría decirse que no podían mirarse fijamente a los ojos porque pegarían sus pestañas. Beatriz presintiendo que un beso estaba por venir, se alejó un poco y lo tomó de las manos para posar sus labios en el dorso, como él lo hizo la noche anterior.
Salvador nuevamente estaba perdiendo el control y sabía que no la podía retener más. La haló hacia la pequeña puerta trasera que daba al callejón cercano a la Catedral, no sin antes señalarle a Beatriz que mirara por una rendija. Las monjas parecían hormigas trabajando coordinadamente para un Ser superior que siempre las estaba observando.
Caminaban de un extremo a otro del solar, cargaban con las ollas para preparar la comida de los niños de la escuela, limpiaban cada uno de los santos de la capilla y pulían el cáliz donde cada día se hacía la más grande ofrenda, la sangre del Mesías. Beatriz quiso tener consigo su cámara y se le ocurrió una perfecta excusa para volver nuevamente a aquella Catedral en compañía de su amigo, -¿La próxima vez puedo tomar fotos?- Salvador, como siempre, solo asintió.
Al salir rápidamente de la habitación, él se detuvo en seco y la soltó. Ella quería seguir un rato más con Salvador, hablarle de arquitectura y llevarlo a recorrer el parque central pero al parecer ese era el momento de decir adiós. – No puedo acompañarte, debo ayudar a las monjas -, se volteó y se perdió nuevamente en la profundidad de la mole de piedra y roca dejando a Beatriz sorprendida y nostálgica por un día que ya había imaginado, pero que se esfumó sin haber comenzado.
Mientras iba camino a casa, todo le parecía de un matiz diferente. Sus sentidos estaban mucho más alerta; sus ojos distinguían los colores vivos de los árboles, escuchaba claramente a una pareja de aves que pasaba sobre su cabeza a unos cuantos metros de altura y su piel estaba atenta a la brisa que soplaba, era como si junto a Salvador se hubiera convertido en una nueva mujer.
En su cuarto volvió a la realidad. Sus fotos, los bocetos y las maquetas de su proyecto apiladas en una esquina, una montaña de ropa arrugada que no tenía intención de lavar y su radio que nunca la abandonaba en momentos de soledad. Aprovechando que no había nadie, abrió de par en par la puerta de “su territorio” para llenar las cuatro esquinas de la casa de la música clásica que tanto la relajaba. Pensó en tomar un baño para refrescarse, estirar su piel y volver a trabajar en otra cosa que no fuera Salvador.
Como estaba preparada para la ducha, se vio en un espejo, recordó los ojos brillantes que la estuvieron recorriendo silenciosamente la noche anterior sin un ápice de maldad, solo con curiosidad y admiración por su feminidad. Beatriz tomó su cámara, posó frente al espejo exhibiendo su desnudez, imaginando que en el reflejo estaba la mirada de su amigo.
Por primera vez se sentía verdaderamente plena, libre y segura de sí misma, le gustaba lo que se plasmaba en las fotos y permaneció así un buen rato por toda la casa, como Eva en el paraíso. En su mente, como si fuera uno de sus tantos proyectos, construyó un romance que estaba comenzando de manera misteriosa y sublime, pensando qué sería lo siguiente que descubriría junto a Salvador y si, finalmente, se atreverían a besarse para sentir sus cuerpos y ver cómo respondían. Estaba descubriendo su naturaleza femenina, se sentía una verdadera mujer.
En la ducha tomó su móvil y por capricho sacó imágenes de la mayoría de su cuerpo, descubriendo un nuevo tipo de fotografía que nunca experimentó pero que siempre le había llamado la atención. Con el agua recorriendo su piel, la suavidad del jabón sobre su pecho, sus piernas, su cuello, pensó en Salvador y por primera vez deseó que la tocara, que esas manos tímidas la tomara por sus rincones para despertarle sus ansias de pertenecer a alguien y provocar sensaciones en un hombre. Después de varios minutos, se fue a la cama y cayó rendida, necesitando volver cuanto antes a la Catedral.
A algunos kilómetros de la cama de Beatriz, Salvador miraba el techo de su estrecho cuarto tratando de olvidarse de sus últimas 24 horas. Rezaba para aplacar la mirada de sus ojos, su mano que había recibido ese tierno beso sudaba a chorros y aún estaba caliente, su cuerpo desnudo y tenso olvidó lo que era la paz. En la noche, después de sufrir pensando en esa hermosa mujer que le había dedicado todo ese tiempo, salió a caminar por la ciudad. Por primera vez, se estaba atreviendo a mirar a la gente, tratando de comprenderla para encarar un intercambio social, entendíó que solo así podía ser un mejor compañero para Beatriz, más normal y así evitar que en un futuro lo rechazara por ser un ermitaño rodeado de monjas y biblias.
Después de ese fin de semana entre ambos, el tiempo hizo de las suyas para separarlos. Beatriz, sin querer y pensando en su carrera profesional, se sumergió en el gran proyecto que tenía entre manos, consumiéndose entre montañas de papel, lápices de todos los tamaños posibles, el cartón de sus maquetas y los pasillos de su oficina, a veces, dormía sobre las mesas de diseño y su padre, la iba a buscar a la medianoche. Esa rutina se repitió en las dos semanas siguientes.
Esos días sin saber de Beatriz fueron un martirio para Salvador. Pasaba horas sentado en las escaleras, esperando verla llegar por la calle e incluso se atrevió a mirar a través del cristal del café donde, por primera vez, se sentaron a conversar.
La incertidumbre es un detonante que nadie puede controlar, a veces en su nombre se pueden cometer locuras, y eso fue lo que le ocurrió cuando no pudo esperar más sin saber de esa mujer que le había robado la paz que tenía en su fortaleza de piedra, la Catedral que le protegió la vida y que le estaba dando la oportunidad de descubrir el amor nuevamente.
La incertidumbre es un detonante que nadie puede controlar, a veces en su nombre se pueden cometer locuras, y eso fue lo que le ocurrió cuando no pudo esperar más sin saber de esa mujer que le había robado la paz que tenía en su fortaleza de piedra, la Catedral que le protegió la vida y que le estaba dando la oportunidad de descubrir el amor nuevamente.


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