…Nunca pensó que fuera capaz, pero ya no había vuelta atrás.
Quedaría marcado de por vida...
Segunda parte
El detective Hernández estaba sentado en su escritorio, eran las once de la noche y como de
costumbre era el único que quedaba en su oficina hurgando las carpetas de casos sin resolver
y los que iban llegando diariamente. Su profesión lo había llevado a resumir la vida de una
persona en varias hojas de papel y un sello, “Caso cerrado” o “Investigación en curso”.
Tenía 20 años en la fuerza policial de la ciudad. Comenzó desde muy joven soñando con llegar
a ser el jefe de la Agencia de Seguridad Nacional, un cuerpo de un sistema utópico que pronto descubrió
imposible, llevándolo a convertirse en un policía maduro, con un buen sexto sentido y uno de
los más respetados de su división.
Después de casi toda una vida en esa comisaria, algunas cicatrices de disparos recibidos en el
campo y muchas carpetas de crímenes sin resolver, Hernández estaba pensando seriamente
en tomar su jubilación e irse a un país lejano para disfrutar de los años que le quedaban, tal
vez rehaciendo su vida sentimental que gracias a una profesión poco estable, estaba hecha un
desastre.
Ya entrada la madrugada decidió que era hora de culminar su jornada. La comisaría estaba
totalmente solitaria, salvo un viejo guardia que aspiraba un largo cigarrillo detrás del cristal
de la recepción, con su revólver .38 y una porra en el cinto, ese día al parecer la ciudad estaba
dispuesta a dormir y dejar los crímenes a un lado.
En las afueras de la oficina, Hernández sentía que era otro. Dejaba a un lado la vieja patrulla
y andaba por las avenidas a toda velocidad con su Mustang 77, con ese inconfundible ruido
del motor. Con el radio a todo volumen, iba
imaginando a quién estarían asesinando en ese momento, o tal vez si habría un robo a unas
cuadras cercanas de donde él estaba o si en algún momento su teléfono móvil saltaría de su
pantalón para avisarle de un nuevo caso.
Mientras atravesaba edificios, callejones y calles desiertas para llegar a las afueras de la
ciudad, recordó sus primeros días como policía. Los asesinatos cada vez eran más cruentos, ya a los asesinos no le importaba matar por cualquier objeto o simplemente por un par
de monedas. En su mente, como una calculadora, trató de pensar cuantos crímenes había visto
en su carrera, y no obtuvo respuesta, eran muchos.
Su casa era modesta, con dos pisos y grandes ventanales enrejados. A pesar de vivir en los
límites del centro, pasando el gran puente que unía los dos puntos más importantes de la
ciudad, Hernández caía en una realidad que le atemorizaba a pesar de ser policía. Dentro de su habitación, se
descalzó y reposó sobre su almohada, no sin antes colocar su .38 debajo como era costumbre
desde que le dieron su primer entrenamiento como cadete.
Al amanecer se dio cuenta que nuevamente se había quedado dormido como una roca, ese
era el precio que pagaba por estar hasta la madrugada en la comisaría. Fue al baño, vio su cara
demacrada y se lanzó un vaso de agua fría sobre su cabellera rala para despertarse. Solo se
puso una nueva camisa, un poco de perfume, el revólver de nuevo al cinto y bajó las escaleras.
Todo estaba solitario e igual que 10 años atrás, cuando su primera, y hasta ahora única esposa, lo abandonó lanzando la puerta tras de sí y gritando ¡Tu profesión es la única amante que te da
placer!
Su nevera parecía la de un adolescente con algo de dinero en plenas vacaciones de verano.
Al menos 20 latas de cerveza, bebidas de fantasía y cajas de cereales. Agarró la primera que tenía más cerca, llenó un plato
con varias hojuelas y luego las humedeció con whiskey, su receta preferida para desayunar
todas las mañanas; cereal escocés, como en broma había bautizado el platillo.
Encendió la pequeña tv de la cocina y colocó el canal de noticias, generalmente los periodistas
funcionaban como aves de rapiña detrás de carne en descomposición y se enteraban primero
de los asesinatos que la misma policía. Efectivamente, en el cintillo del noticiero rotaba
incesantemente “Varios coches patrulla presentes en el hallazgo de un cadáver cerca del lado
oeste del puente. Más información en breve”. El detective encendió su teléfono móvil, toda
la información estaba allí para que se acercara de inmediato: “Joven blanca,
27 años. No fue agredida sexualmente y tiene todos sus objetos de valor. Causa de muerte
aparente, estrangulamiento”.
Hernández ya estaba de vuelta en su Mustang, primera parada la comisaría y luego la escena del crimen. Cada vez que se adentraba más en la ciudad, mayor era el deseo de retirarse para terminar en una playa paradisíaca sin necesidad de llevar un conteo mental de cuántos
muertos había diariamente.
Cerca de la estación policial aceleró su automóvil, se introdujo en el
estacionamiento y subió directamente a su despacho. Buscó café, releyó los mensajes de
texto que le habían mandado, agarró una carpeta y retomó el mismo camino de regreso,
esta vez directo a “conocer” a la joven. Al salir de nuevo a la civilización, atravesó callejones
y como lo hacía desde su infancia, hizo la señal de la cruz al pasar cerca de la Catedral de la
ciudad.
Dentro de esos muros "santos" estaba Salvador, hincado en uno de los bancos de la capilla,
rezando y pidiendo perdón por lo que había hecho. Sentía una profunda culpa, pero a cambio la imagen de Beatriz, que al parecer estaba
desaparecida de su vida, ya no lo atormentaba tanto. Nunca pensó que fuera capaz,
pero no había vuelta atrás, esa joven a la que había visto
la noche anterior le recordó tanto a ella que la siguió, para hablarle, conocerla, pero
la reacción de ambos fue totalmente distinta a la que esperaban y el resultado, ya estaba en
todos los noticieros de la ciudad.



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