…Tal vez había dejado pasar mucho tiempo y algo cambió entre ellos,
Pero estaba clara que esa noche no volvería a la Catedral…
Hernández estaba un poco abrumado por todo a su alrededor. El sol de la mañana, el cereal escocés le había producido un ligero dolor de cabeza y su chaqueta le resultaba pegajosa, pero nunca se la quitaba porque era una pequeña distinción entre los policías rasos y el detective.
Su cuerpo impactó al detective, en el que vio reflejada a la hija que siempre quiso y nunca tuvo, por razones del destino, la profesión o tal vez las dos.
Las investigaciones habían dado con tres pistas claras; el cuerpo había sido liberado allí, no tenía señales de agresión sexual ni de robo y la causa de muerte, aparentemente, era el estrangulamiento por unas grandes manos alrededor de la tráquea. Había algo que no estaba claro para Hernández, todo parecía indicar que no era un asesinato a sangre fría, sino un accidente con resultados infortunados tanto para la víctima como para el perpetrador.
El detective acompañó el cuerpo hasta la camioneta del forense y se montó en su vieja patrulla. Hubiera deseado estar dentro de su Mustang para recorrer la ciudad, pero solo se conformó con encender la coctelera y la sirena a toda máquina, aceleró hasta el fondo para dejar atrás a los forenses que estaban recogiendo las últimas evidencias, aunque sabían que allí no debían buscar, la muerte había ocurrido en otro lugar.
Los vehículos en la calle estaban totalmente atascados, el tráfico del mediodía hacía que los conductores se odiaran entre sí y Hernández rogaba por un poder supremo para hacer volar con el ruido de su sirena a todos lo que tenía por delante. Las gotas de sudor le corrían por la espalda, sentía como bajaban hasta llegar a sus calzoncillos y algunas se quedaban entre los pliegues de su vientre abultado, los años no pasaban en vano.
A unos cuantos metros del detective Hernández, Beatriz caminaba por la acera sintiéndose aturdida por la música de sus audífonos, el constante chillido de las cornetas y la sirena de esa patrulla que parecía tener una emergencia, ¡la ciudad se ha tornado demasiado insegura!, pensó mientras sentía la amenaza de un dolor de cabeza que probablemente comenzaría en pocos segundos.
Estaba en la fase final de su proyecto. Habían sido dos semanas extenuantes y de trabajo al máximo, atrás quedaron los días de tomar fotografías, estar de ocio en su casa y de paseos a la Catedral, ¿Salvador, se acordaría de ella?. Beatriz lo recordaba cuando pasaba cerca de ese antiguo edificio, quería detenerse y atravesar esas puertas gigantes pero casi nunca tenía tiempo, se le ocurrió que tal vez tenía un problema para equilibrar las cargas y no solo hundirse en una montaña de bocetos, pero al final, cuando todo terminara tendría tiempo para su amigo.
En la estación policial, Hernández esperó cerca de la sala de autopsias. Fumó al menos tres cigarrillos, mientras su chaqueta reposaba en la silla contigua. En 20 años de servicio no había logrado controlar la impaciencia aunque siempre tenía una ligera certeza sobre cómo ocurrían los crímenes. Al salir le dieron el informe con el resultado que todos habían supuesto en la escena del crimen. Había huellas alrededor de todo el cuello pero no eran rastreables, el asalto sexual fue descartado y el cuerpo no fue maltratado.
Hernández estaba cansado de ver casos así. Peleas entre pareja que se iban de las manos, el sujeto perdía el control y no medía la fuerza con la que trataba de controlar a su chica, al final el resultado era el mismo: ella quedaba tres metros bajo tierra con un cúmulo de cosas por hacer y él, encerrado en una celda de dos por dos gracias a un ataque de agresividad accidental, “una linda manera de terminar una relación”, decía siempre al resolver el caso.
Unos días después y luego de tanto trabajo, el proyecto de Beatriz era aprobado. La emoción y felicidad fueron tales, que por primera vez tenía lágrimas de alegría en sus ojos por ver su esfuerzo recompensado y dar el primer paso hacia mayores logros. Al final, en un año aproximadamente vería a su boceto, rayas, maquetas y varios lápices gastados, convertidos en un edificio real de concreto, vitrales, ascensores de última generación y a miles de personas entrando a un moderno centro corporativo de la ciudad.
Al salir de la oficina no sabía qué hacer. En ciertos momentos no se sabe con quién compartir una buena noticia, Beatriz tenía tantas cosas en su cabeza. Pensó en salir corriendo a su casa a contarle a sus padres, quitarse la ropa y dormir por todo el fin de semana. Luego se le ocurrió llamar a su mejor amiga, invitarla a tomarse un café y darle las buenas nuevas, incluso pedirle consejos sobre Salvador, él también estaba en sus posibilidades; ir a buscarlo, llevarlo a algún lugar o solamente quedarse juntos en aquel catre que le daba tanta paz.
A pesar de tener tantos sitios a dónde ir, contempló irse sola a un bistró y leer algún libro, dedicar tiempo para ella misma, olvidarse de todo y todos. Al final, como suele suceder cuando se está planificando algo con mucha antelación, Beatriz terminó haciendo lo que tenía menos pensado. De salida en el ascensor para llegar a la calle, su grupo de trabajo la alcanzó y como premio a su trabajo la convencieron para llevársela a un lugar nocturno, algo de alcohol, música y ambiente relajado.
Eran pocos en el grupo, llegaron caminando al local que estaba cerca de la torre de oficinas. Beatriz no estaba muy convencida de esa salida, todos se conocían demasiado y ella se sentía fuera de lugar, desde que descubrió ese tipo de diversión entre las amistades, había preferido salir sola o simplemente encerrarse en su habitación mientras la vida sucedía afuera.
A unos metros del local, Beatriz estaba considerando inventar una excusa y evitar ese encuentro social, tenía la certeza recurrente que haber aceptado la invitación era un error. Sin embargo, unos minutos después se fijó que estaban pasando al frente de la Catedral y allí en las mismas escalinatas donde por primera vez se vieron, estaba Salvador, con su mirada fija en la nada.
Ella no supo qué hacer. Al verlo, su cuerpo la empujaba a atravesar esas puertas y sentarse en ese solar, bajo el árbol y darle todos los detalles sobre su proyecto aprobado, sería una conversación aburrida pero necesitaba contarselo a alguien especial. Él seguía sin inmutarse, finalmente cuando la vio a pocos metros fue que se levantó del escalón.
Beatriz se le acercó y le dio un beso en la mejilla. Salvador inmediatamente se alejó al sentir que todos sus músculos se tensaban, su corazón se aceleró, pensó que perdería el control como esa vez que asesinó a la chica. - Sé que no he venido más, pero tengo tantas cosas que contarte, quieres venir y acompañarme a tomar algo -, le dijo mientras tomaba su mano y le sonreía como nunca antes. En la otra acera, el grupo le hacía señas para que apurara el paso y continuaran. Salvador se sintió presionado, eran muchas personas y él nunca había compartido con tantos adultos extraños a la vez.
Vio su reacción y le dijo una vez más, -Acompáñame por favor, no quiero ir sola, apenas los conozco y no quiero estar mucho rato allí, luego venimos a tu habitación-. Salvador se zafó de esa mano que tanto deseaba y negó con la cabeza, - Si quieres te espero acá, sabes cómo llegar pero no puedo ir. Ve que te están esperando -.
La insistencia del grupo era mayor y Salvador se exasperó, las personas ordinarias eran muy inoporturnas, no entendía como no veían que estaba en una conversación, pero asumió que así eran las relaciones sociales. Beatriz tuvo que darle la espalda, seguir su camino desilusionada y teniendo la certeza que algo malo ocurría. Tal vez había dejado pasar mucho tiempo y algo cambió entre ellos, pero estaba clara que esa noche no volvería a la Catedral y que tendría que dejar para otro día sus planes con Salvador.


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