...Esa noche Salvador descubrió que había un ritmo mucho mejor que el de el tiempo
que pasaba día tras día, el de la respiración de una mujer...
Beatriz despertó en su cama totalmente desorientada. Llegó a casa con la salida del sol, el encuentro con los conocidos del trabajo se alargó la noche anterior más de lo esperado. A pesar de sus dudas, había conseguido diversión y un momento para salir de la rutina que la tuvo agobiada por tanto tiempo.
Entre los tragos habló de sus hobbies, música, sexo, familia y los lugares de origen; ese tema siempre era típico en esa ciudad donde confluían personas de distintos polos del país. Beatriz, mientras observaba el techo de su habitación, se estiraba como un animal salvaje en una jaula. Recordó que bebió más de lo acostumbrado, no estaba segura pero tenía la sensación de que cruzó miradas contradictorias con un par de chicos.
En ese momento una puntada la invadió, sintió como si un flash de una cámara hubiera pasado por sus ojos. Siempre supo que no volvería esa noche a la Catedral, pero igual sintió que le había roto una promesa a Salvador. Se cuestionó por no haber dejado en ese momento a sus compañeros del trabajo, por omitir lo que le pedía su cuerpo y cruzar de una vez por todas las grandes puertas de la iglesia. Como cualquier mujer, también reprochó a Salvador, ¡Si tus ojos dicen la verdad, y estás tan interesado en mi, por qué no me acompañaste al menos dos horas!, esas tres últimas palabras las terminó diciendo en voz alta, como siempre sucedía cuando estaba molesta.
Estuvo todo el mediodía en su cuarto. Tenía cansancio acumulado y no quería que la luz del sol la encandilara. Después de unas horas decidió que era el momento de salir, ir al centro de la ciudad y pasar por la Catedral, quería llevarse a Salvador a algún lado, tal vez al parque central, hacerlo hablar, tomar las riendas de la situación para definir a dónde podían llegar.
Se vistió lo más sencilla posible; zapatos deportivos, un top ajustado, unos pantalones de correr y en su cuello se colgó la cámara, después de tantos días de trabajo se sentía nuevamente libre. Todo a su alrededor era como antes, la ciudad se mantenía igual y su cuerpo aún estaba activo, pasar horas y horas sentada frente a una mesa de luz no le había quitado energía.
Caminó lentamente, sintiendo la brisa, viendo los árboles llenos de hojas y pájaros que le daban la batalla al progresivo crecimiento del concreto en toda la ciudad. Cerca de la Catedral, se detuvo a tomarle fotos al edificio desde todos los ángulos posibles y así mostrárselos a Salvador. Minutos después fue a la parte de atrás, donde lo vio aquella vez que la invitó a pasar y sin dudarlo, tocó fuertemente la gran puerta; el ruido fue sordo y con un ligero eco, el edificio parecía estar vacío por siglos.
Una vieja monja abrió lentamente y la escrutó, -Buenas tardes hija mía-, Beatriz no estaba preparada para hablar con una mujer de Dios y solo se le ocurrió preguntar por Salvador. La anciana la invitó a pasar con un gesto de aprobación. El corredor era totalmente diferente a la primera vez que había estado allí, los rincones estaban bañados por aces de luz y la mayoría de las piezas estaban completamente limpias, parecían restauradas. La monja caminaba suavemente, parecía flotar por encima de las piedras con su hábito arrastrando por el suelo.
Beatriz se llevó una grata sorpresa al llegar al solar central, allí estaba Salvador rodeado por al menos 10 niños de la escuelita que estaban en actividades extra de fin de semana. Había de todos los tamaños, rodeándolo como si fuera un gigante mientras él les daba suaves palmadas por la cabeza y los arreaba de una esquina a otra de ese espacio, como un pastor a sus ovejas.
El sonido del obturador de la cámara causó sorpresa en todos. Salvador quedó petrificado al verla allí, jamás pensó que iría a visitarlo pero no pudo reprimir la sonrisa que se dibujó en su cara. Los niños, como siempre juguetones, cambiaron de arriero y comenzaron a rodear a Beatriz para que les siguiera tomando más fotos.
Los niños se fueron dispersando poco a poco y finalmente ambos estuvieron cerca. –Jamás pensé que entrarías acá sin mi invitación-, le dijo Salvador casi rozando su cuerpo con el de ella. –Sé que te quedaste esperando por mi anoche, pero acá estoy, más vale tarde que nunca-, le dijo Beatriz tomándolo de la mano. –Anoche cometí el error de irme y tal vez debí quedarme contigo, por eso hoy quiero que pasemos todo el día juntos-.
Salvador sentía su corazón estallar, el sudor corriendo por su frente y la vena yugular palpitando a una velocidad anormal, apretaba suavemente la mano de esa mujer y sintió el deseo de besarla, sus bocas estuvieron a punto de rozarse cuando el sonido de la risa de los niños detrás del gran árbol los sacó de su somnolencia de deseo. –Espérame acá, busco algo y nos vamos; si quieres tomar fotos es tu momento-, dejó a Beatriz allí y fue a su habitación a cambiarse la franela. Inexplicablemente las palabras estaban fluyendo mejor entre los dos.
Al salir de la Catedral la cara de Salvador cambió. Beatriz entendió que probablemente le tenía cierta fobia a las calles abarrotadas de ruidos y gente, de algún modo se sentía en sintonía con él porque en los pocos minutos que estuvo rodeada por los niños y las monjas experimentó una paz que no existía en ningún otro rincón de la ciudad. Se tomaron de la mano, sin hablar, caminaban despacio mientras el lente de la cámara captaba los lugares que Salvador señalaba con sus dedos.
Después de caminar varias calles llegaron al parque central. Ambos se sentían protegidos por un gran túnel vegetal, donde podían escuchar la naturaleza y apenas se filtraba el bullicio de la ciudad. Se sentaron tomados de la mano bajo un gran árbol; Beatriz ahora fotografiaba a Salvador, que nuevamente tenía una cara tranquila y amable. Él mientras le contaba de los niños de la iglesia, cómo eran de curiosos y de los proyectos de arte que tenían para hacer con las monjas, una exposición benéfica estaba en puertas.
Aprovecharon ese momento para conocerse mejor. Ella descubrió que Salvador tenía simpatía por las historias de la Catedral, su historia y las leyendas de los esclavos libres que literalmente construyeron el edificio con sus manos. Beatriz, por su parte, le contó que no era muy amiga de los animales, solo los veía de lejos y no se atrevía a tocarlos, según ella, corría el peligro de quedarse sin una extremidad, comentario que le resultó gracioso a Salvador.
Sentados en una colina del parque central vieron juntos el atardecer. Como una pareja de niños, inventaron un juego para encender estrellas, a medida que el sol se ocultaba en el horizonte iban marcando en el cielo cuando un punto comenzaba a brillar en la bóveda celeste. Así pasaron unas horas hasta que miles de manchas blancas los cubrían y las luces de la ciudad los envolvía. A lo lejos escuchaban el sonido de los automóviles, los perros aullando a la noche y el sonido del agua de la laguna del parque moviéndose de acuerdo al viento.
Salvador tomó la mano de Beatriz, ¡vamos a la Catedral, por favor!- ambos se levantaron y caminaron abrazados; sin pensar y sin hablar, solo disfrutando de un atardecer que parecía un espectáculo para ellos. En la pequeña habitación detrás de la capilla, Beatriz fijó sus ojos en los de él, nuevamente le besó las manos, los brazos, y quería continuar pero Salvador la detuvo, no estaba preparado para sentirla. Sin embargo, ella buscó un rincón y como lo había hecho muchas veces en su casa se desnudó para ese observador.
Lo metió en la cama y comenzó a acariciarlo, Salvador al sentir ese cuerpo junto al suyo, no pudo evitar escuchar su corazón acelerado, sus músculos tensarse y un sudor fío recorrerlo por la espalda. Beatriz no estaba segura de querer ir más allá, solo siguió recorriéndolo con sus manos y apenas unos minutos después lo estaba desnudando cuando él dio un profundo gemido que le dejó una mancha en sus pantalones. A pesar de no esperarlo, ella sintió una profunda ternura al ver que estaba ante un hombre que parecía un niño: inexperto, sensible y totalmente indefenso ante ella.
Así como estaba, una Eva en el paraíso, se acostó junto a él para dormir profundamente, tomó una de sus manos y la puso sobre sus senos. Esa noche Salvador descubrió que había un ritmo mucho mejor que el de el tiempo que pasaba día tras día, el de la respiración de una mujer desnuda a su lado.


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